El poder judicial en Venezuela no opera con independencia real desde hace más de dos décadas. Esta afirmación, que el oficialismo rechaza y la oposición denuncia, se sustenta en nombramientos políticos, ausencia de concursos públicos para jueces y un Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) que ha funcionado sistemáticamente como brazo institucional del poder ejecutivo. Entender cómo se llegó a este punto requiere revisar decisiones concretas, fechas y actores que transformaron la arquitectura judicial venezolana.
Cómo el chavismo rediseñó el sistema judicial
La Constitución de 1999, aprobada mediante referéndum durante el primer año de gobierno de Hugo Chávez Frías, creó el Tribunal Supremo de Justicia en sustitución de la antigua Corte Suprema de Justicia. El nuevo texto constitucional estableció en su artículo 254 que el poder judicial es autónomo e independiente. En la práctica, la implementación tomó otro camino.
El primer quiebre visible ocurrió en 2004, cuando la Asamblea Nacional aprobó la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia. Esta ley amplió el número de magistrados de 20 a 32, lo que permitió al oficialismo —que controlaba el legislativo— nombrar a figuras afines en las nuevas plazas. Organizaciones como Human Rights Watch advirtieron en ese momento que la expansión respondía a una estrategia de cooptación.
La independencia judicial venezolana sufrió otro golpe en diciembre de 2015. Tras perder las elecciones legislativas del 6 de diciembre —donde la oposición agrupada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) obtuvo mayoría cualificada con 112 de 167 diputados—, la Asamblea Nacional saliente designó apresuradamente 13 magistrados del TSJ en un proceso que la nueva mayoría parlamentaria calificó de inconstitucional.
La provisionalidad como norma
Un dato que revela la fragilidad institucional: según informes de organizaciones como Acceso a la Justicia, la mayoría de los jueces venezolanos son provisorios o temporales. Los concursos de oposición para cargos judiciales, exigidos por la Constitución, se han celebrado de forma excepcional. Un juez provisorio puede ser removido sin procedimiento disciplinario, lo que genera una dependencia directa del poder que lo designó.
Esta estructura afecta al poder judicial en Venezuela desde los tribunales de municipio hasta el TSJ. Los jueces provisorios, conscientes de que su permanencia depende de la voluntad política, tienen incentivos para alinear sus decisiones con las expectativas del ejecutivo.
El TSJ como actor político: decisiones que marcaron época
El TSJ Venezuela ha protagonizado intervenciones directas que desdibujaron la separación de poderes. Una cronología de las más relevantes permite dimensionar el patrón:
| Año | Decisión del TSJ | Consecuencia |
|---|---|---|
| 2016 | Declaró en desacato a la Asamblea Nacional | Anuló todas las decisiones del parlamento opositor durante más de tres años |
| 2017 | Sentencias 155 y 156 de la Sala Constitucional | Asumió competencias legislativas, lo que fue calificado como "autogolpe" por la fiscal general Luisa Ortega Díaz |
| 2017 | Avaló la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente | Se instaló un suprapoder que anuló al parlamento opositor hasta 2020 |
| 2018 | Validó la convocatoria anticipada de elecciones presidenciales | Comicios del 20 de mayo de 2018, ampliamente cuestionados por la comunidad internacional |
| 2024 | Certificó los resultados electorales presidenciales del 28 de julio | Ratificó la victoria de Maduro sin publicar los datos desagregados mesa por mesa |
Cada una de estas decisiones favoreció la posición del ejecutivo. El gobierno de Nicolás Maduro Moros ha sostenido que el TSJ actúa conforme a derecho y que sus sentencias responden a la legalidad vigente. La oposición y múltiples organismos internacionales han argumentado lo contrario.
El caso de las elecciones de 2024
Las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 pusieron de nuevo al TSJ Venezuela en el centro del debate. Tras los comicios, el Consejo Nacional Electoral (CNE) proclamó la victoria de Maduro, pero no publicó las actas de escrutinio desagregadas. La oposición, liderada por María Corina Machado y su candidato Edmundo González Urrutia, aseguró contar con copias de actas que demostraban un resultado diferente.
El TSJ intervino mediante un recurso de certificación solicitado por el propio Maduro. La Sala Electoral ratificó los resultados oficiales. Países como Estados Unidos, la Unión Europea y varios gobiernos latinoamericanos no reconocieron el resultado. González Urrutia se trasladó a España, donde varios gobiernos —entre ellos Estados Unidos— lo reconocieron como presidente electo de Venezuela.
Este episodio condensó las críticas sobre la independencia judicial venezolana: un tribunal que debía actuar como árbitro neutral validó al candidato oficialista sin un proceso de auditoría transparente. El Centro Carter, único organismo de observación internacional presente, señaló que las elecciones no cumplieron estándares democráticos básicos.
Lo que dicen los organismos internacionales
La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) ha documentado en múltiples informes la falta de independencia del poder judicial venezolano. La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos, establecida por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2019, señaló en sus reportes que el sistema de justicia había sido utilizado como herramienta de represión contra la disidencia.
Según la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU, el sistema judicial venezolano ha participado en violaciones de derechos humanos al procesar a opositores y manifestantes sin garantías de debido proceso, con jueces que actúan bajo presión del poder ejecutivo.
Organizaciones venezolanas como Foro Penal han registrado cientos de presos políticos a lo largo de los años. Muchos de estos casos pasaron por tribunales donde, según la documentación de esta ONG, se vulneraron garantías procesales básicas: audiencias diferidas repetidamente, acceso limitado a abogados defensores y jueces que emitían decisiones en tiempos inusualmente cortos.
Provea, otra organización de derechos humanos con décadas de trabajo en Venezuela, ha señalado que la militarización de la justicia —con tribunales militares juzgando a civiles— agravó la situación tras las protestas de 2014, 2017 y 2024.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA ha emitido pronunciamientos similares, aunque Venezuela se retiró formalmente de la OEA en 2019. Por su parte, la Corte Penal Internacional (CPI) mantiene desde noviembre de 2021 una investigación formal sobre posibles crímenes de lesa humanidad en Venezuela, tras una fase preliminar iniciada en 2018.
La propia existencia de esta investigación es reveladora. La CPI opera bajo el principio de complementariedad: solo interviene cuando los tribunales nacionales no pueden o no quieren investigar. Que el caso avance sugiere dudas fundadas sobre la capacidad del poder judicial en Venezuela para garantizar justicia internamente.
La visión oficialista y los matices del debate
El gobierno de Maduro y sus aliados políticos sostienen que el sistema judicial funciona dentro del marco constitucional. Han argumentado que las críticas provienen de sectores que buscan desestabilizar al país y que responden a intereses geopolíticos, particularmente de Estados Unidos. El oficialismo señala que las sanciones internacionales —impuestas en distintas fases desde 2015— constituyen una forma de agresión que también afecta al funcionamiento institucional.
Algunos analistas, incluso críticos del gobierno, reconocen que la debilidad institucional del poder judicial venezolano no comenzó con el chavismo. Antes de 1998, el sistema judicial ya padecía corrupción, ineficiencia y provisionalidad en los cargos. Lo que cambió, señalan, fue la escala y la sistematización del control político sobre los tribunales.
Este matiz no exime al gobierno actual. La concentración de poder se profundizó con herramientas como el sistema del Carnet de la Patria, que extendió mecanismos de control estatal a múltiples ámbitos de la vida ciudadana. Pero la reforma judicial pendiente en Venezuela trasciende la coyuntura política: requiere cambios estructurales que ningún gobierno ha querido o podido implementar en décadas.
El factor económico
La crisis económica venezolana también impacta al sistema judicial. Jueces y funcionarios judiciales reciben salarios que, medidos en dólares al tipo de cambio del Banco Central de Venezuela (BCV), resultan insuficientes para cubrir necesidades básicas en una economía marcada por la caída de la producción petrolera de PDVSA y una dolarización de facto. Esta precariedad salarial, según expertos en derecho, aumenta la vulnerabilidad de los jueces ante presiones externas y la corrupción.
Preguntas frecuentes
¿Quién nombra a los magistrados del TSJ en Venezuela?
La Asamblea Nacional designa a los magistrados del TSJ Venezuela por un período de 12 años, según establece la Constitución de 1999. El proceso requiere la postulación a través del Comité de Postulaciones Judiciales. Las críticas se centran en que, al estar el legislativo controlado por el oficialismo en los momentos clave de designación, los magistrados seleccionados han respondido a los intereses del partido de gobierno.
¿Cuántos jueces provisorios tiene Venezuela?
Las cifras exactas han variado con los años, pero organizaciones como Acceso a la Justicia han estimado que la proporción de jueces provisorios o temporales ha superado históricamente el 60% del total. La Constitución exige concursos de oposición para garantizar la estabilidad e independencia de los jueces, pero estos concursos se han realizado de forma muy limitada.
¿Qué papel jugó el TSJ en las elecciones de 2024?
Tras las elecciones del 28 de julio de 2024, el TSJ certificó la victoria de Nicolás Maduro mediante un recurso interpuesto por el propio presidente. Lo hizo sin ordenar una auditoría pública e independiente de las actas de escrutinio, lo que generó rechazo de la oposición y de parte de la comunidad internacional.
El siguiente paso
Mientras el control político sobre los tribunales se mantenga, hablar de independencia judicial venezolana seguirá siendo un ejercicio teórico. Una eventual transición democrática —si llega— tendrá en la reforma del poder judicial en Venezuela uno de sus desafíos más complejos. No basta con cambiar magistrados: se necesitan concursos públicos reales, estabilidad en los cargos, presupuesto adecuado y mecanismos de rendición de cuentas que ningún actor político venezolano, de ningún signo, ha mostrado voluntad genuina de implementar. La justicia venezolana no se reparará con un cambio de nombres. Requiere un cambio de reglas.
Este artículo tiene carácter informativo y periodístico. Los datos presentados se basan en fuentes públicas verificables.



